Antonio Blasco, presidente de Radiotaxi Segovia y taxista desde hace 39 años

En 2022 dejará esta profesión que tanta satisfacción personal le hace sentir cada día. Su extensa carrera le ha llevado a acumular una proporción similar de kilómetros y de anécdotas

Lleva al volante desde 1983. Este será su último año en activo. En 2022 colgará las llaves. “Siempre es agradable echar una mano a la gente”, asegura. Esto es quizá lo que mejor define al taxista Antonio Blasco. Se toma muy en serio su profesión. Y no es para menos: “es un servicio público”, afirma con orgullo. No se limita a completar trayectos. La satisfacción que se lleva a casa cuando “ayuda” a alguien es su mayor alegría.

A su vehículo han subido personas de lo más variopintas e, incluso, personajes públicos. A él no le importa quien vaya en la parte trasera. “Los famosos lo son por circunstancias, eso no quiere decir que sean mejores”, sostiene. A ellos los trata igual que a “los migrantes que vienen a hacer la campaña de la fresa”, dice.

Duda cuando le preguntan por qué se decantó por esta profesión. No fue por herencia. Conoció a un señor que decidió que había llegado el momento de bajarse del taxi. Blasco le compró su vehículo.

Si digo la verdad… no fue por casualidad, pero casi”, asegura. Igual que escogió esta profesión, podría haberse decantado por cualquier otra. Pero ha sido en esta en la que ha pasado 39 años.

Está todo el día en la calle. Es una labor que realiza a diario, por lo que pone todo su empeño en hacerlo lo mejor posible. En ocasiones, también se convierte en un guía turístico. Su extensa carrera le hace acumular un buen número de anécdotas que hoy recuerda con humor. Entre ellas, le ha tocado aprender a plegar un cochecito.

Este año es el presidente de Radiotaxi Segovia. Representar al colectivo en su provincia le enorgullece, a pesar de que no es un puesto por el que “se peleen”. Esto le “quita tiempo” y le genera algún quebradero de cabeza. Como en su trabajo, pone su máximo empeño.

Cuando era joven, llegaba a trabajar 16 horas diarias. Ahora, a sus 64 años y, aunque quisiera, no aguantaría todo esas horas en la carretera. Y tampoco querría aguantar. “Si me llama mi hija para que cuide de mis nietos, lo dejo todo”, manifiesta. Ya se lo toma con más calma. Esto es “una desgracia” y, a la vez, “una suerte”. Ahora dedica a su familia el tiempo que el taxi le ha robado durante demasiados años. Su humildad le lleva a no estar orgulloso de su recorrido: está “conforme”. En su día eligió un camino que le ha traído altibajos, alegrías y, sobre todo, muchos kilómetros. Él es de esos taxistas a los que les gusta que sus clientes lo recuerden. Y parece que lo consigue.

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